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miércoles, 18 de noviembre de 2015

CRÓNICAS DE UN ACTOR CONTRATADO POR UNA COMPAÑÍA EN GIRA POR ESPACIOS ALTERNATIVOS PARA JUSTIFICAR LA AYUDA DE GIRA DEL MINISTERIO.


VIAJE AL CUTREATRO
            Me da la sensación, ojo, a mí, quiero decir que es una impresión y seguramente muy discutible, que en el plano teatral que conozco, nos ha pasado como al gallo que, al cortarle la cabeza, el cuerpo sigue convulsionándose en una macabra danza caótica sin ton ni son. Ni muerto, ni vivo, ni todo lo contrario.
            Del mismo modo que cuando alguien se queda sin trabajo o quiere montarse un negocio, piensa en un bar (“No debe ser tan difícil”), ahora hay alguna gente que cuando dispone de un local, aunque sea de 60 m2, abre una salita, a la cual, sin ningún rubor, llegan a llamarla: teatro. Proliferan salitas de teatro en las que, por lo que veo, hay más artistas que público (No estaría mal averiguar la ocupación real de público “real” en estas salas, quiero decir, público que pasa por taquilla y saca su entrada asiduamente) Muchas de estas salas están subvencionadas por el Ministerio de Cultura y sus respectivas comunidades autónomas Y/O ayuntamientos… pero ahí no quiero entrar, sólo dejar caer el comentario de que, al menos las que yo he analizado, no tienen un flujo constante de público suficiente como para que parte del dinero público caiga en sus arcas. Otro comentario que se me escapa es el que hace referencia a los “conveniochanchullos” que consisten en que las compañías, para llegar a las funciones mínimas que la normativa de las ayudas obliga, se hagan sus intercambios, tú vienes a mi sala con tu espectáculo y yo voy a la tuya con el mío… Me firmas el certificado como que he actuado, ¿para cuánto público? Qué más da. “Aunque yo he hecho promoción de tu espectáculo, he mandado unos mails y tal…” Y lamentablemente, ni siquiera el público asiduo que ellos dicen tener, asiste… o asiste muy poco.
            Claro, hablo desde mi experiencia, con más de 30 años de profesión y unas cuantas crisis a mis espaldas (esta que estamos pasando no es la primera, aunque, para mí, sí está siendo la peor gestionada en muchos aspectos) No voy a contar ahora lo que he hecho ni con quien, pero desde siempre he actuado en teatros, digamos “normales” o normalizados o “¡de verdad!” y no hablo de tamaño ni categorías, sino de teatros con telar, con varas para colgar focos y telas, escenario, patio de butacas, camerinos, baños… En algunos de estos casos en los que hemos trabajado, nos hemos encontrado sin varas, sin focos (me refiero a focos de teatro, no de exposición o “peluquería”, como los llamábamos antaño) sin camerinos, sin duchas que se pudieran usar, sin unas condiciones, en fin, mínimas para desarrollar nuestro trabajo con un mínimo de dignidad y seguridad e higiene (dicho sea de paso, que para mí higiene no significa sólo limpieza, sino elementos como papel higiénico de un mínimo de calidad, toallas de papel o secamanos, papeleras ¡vacías!, un dispensador de jabón de manos… tampoco pido grandes lujos… digo yo). Algunas de ellas no cumplen, ni de lejos, la normativa de seguridad. Me refiero a puertas de evacuación, fácil y segura, para el público y los artistas, así como sistemas de extinción o materiales ignífugos, por decir algo a vuela pluma. Algunas de las que he estado la entrada a la sala es la misma por la que se evacua, es decir, sólo hay una puerta, incluso en una de ellas se accedía a la sala por una escalerilla estrecha y curva, ya que la sala estaba en una primera planta. En otra se accede por un estrecho pasillo… Vale, sólo tienen una media de 40 localidades, aunque si hay demanda se amplía poniendo sillas y nadie se entera… pero aunque sean 40 personas, por ese pasillo en caso de peligro, no salen con seguridad y comodidad. Además este pasillo no da directo a la calle sino que, la puerta de cristal y del ancho tal que solo cabe 1 persona, estaba, dicha puerta, instalada haciendo un recodo, vamos un verdadero embudo donde ante un incendio no se salva “ni el apuntador”.  Ahora, eso sí, tenían un limitador de decibelios para no pasar el límite de ruido permitido y no molestar a los vecinos, los cuales, también podrían morir carbonizados, ya que, como he dicho, algunas de estas salas son un verdadero polvorín. Instalaciones caseras con cables y enchufes sin ningún tipo de homologación requerida para este tipo de locales; pero es más importante no tener problemas de ruido que remediar la posibilidad de morir en un incendio. Por no hablar de que algunos de estos espacios son, además, la sede de una compañía teatral, que o bien son los que gestionan la sala, o bien son compañías residentes. En rincones del espacio se almacenan vestuarios, elementos escenográficos, atrezzo, etc. Incluso he llegado a ver líquidos inflamables (como colas, disolventes, etc) almacenados sin ninguna precaución y con alto riesgo de ser magníficos acelerantes de incendios o incluso el origen de la catástrofe. La carga y descarga se hace por la misma entrada (¡Solo tienen una puerta que es de entrada y salida! La mayoría de ellas) Arrimas la furgoneta a la puerta y si entorpeces el tráfico… ¿qué más da? Esto es un teatro alternativo y nos da derecho a todo.
            Del personal, mejor no hablo, no quiero ofender a nadie, pero es obvio que los proyectos los hacen las personas y, al final, el resultado o resultados son fruto de la capacidad de los que lo hacen posible con más o menos éxito. Lo que sí me permito decir es que en algunos casos, estos espacios son destino de becarios y de personas en las que la relación cantidad de trabajo y cantidad de salario los acercan casi más a la esclavitud que a un trabajo digno. Hacen de todo y para todo sin saber hacer de todo, como es natural. Hacen de jefe de sala, de relaciones públicas, de director de prensa, de taquillero, de limpieza, de técnico… Bueno, el caso “TÉCNICO DE SALA” es para mencionarlo a parte. Lo primero que hacen es justificar la mala instalación de la sala o intentar desahogarse criticando la gestión y la falta de inversión de la dirección o gerencia de la sala. Eso si son profesionales. Ya que algunas salas, y eso está muy bien, contratan la gestión de todo lo técnico por medio de una empresa o un técnico freelance. En otros casos, lamentablemente para las compañías que actuamos allí, el técnico es alguien joven que ha estudiado electricidad en FP o algunos módulos de ingeniería o comunicación audiovisual, mucha teoría y poca práctica. Eso sin mencionar, que el diseño que tu espectáculo tiene no va servir de nada… Sí o Sí tienes que adaptarlo siguiendo la técnica: “QUESENOSVEA”. La escenografía… adaptada, no cabe. Unas salas miden 4 metros de altura, otras 2, otras 6, otras… A veces, hasta tienes que adaptar el espectáculo entero ¡Por el mismo precio! Pero esto es como las lentejas, si quieres las tomas y si no las dejas.
            Muchas de ellas, para poder subsistir, tienen una vida frenética, estresante y, a veces, caótica: programación de espectáculos para niños, para adultos, microteatro, danza, microdanza… Y cursos, cursillos, talleres, tallercitos… Exposiciones de cuadros, cine… Muchas veces “a lo loco”. Como nos pasó en uno de ellos. Nuestro espectáculo, una adaptación de comedias de Plauto, dura 75 minutos, nos habían programado a las 17.30 y a las 19h había otro espectáculo, o sea teníamos menos de 15 minutos para cambiarnos, guardar vestuario y elementos, desmontar y sacar las cosas fuera del teatro por la puerta de cristal que hace recodo tras un pasillo estrecho. Pero lo mejor de todo es que la otra compañía tenía esos mismos 15 minutos para montar su escenografía y poner sus luces. Todo esto con nuestro público evacuado a toda velocidad y sin miramientos y el público del espectáculo posterior esperando en la calle. Lo que provocó tensiones entre las dos compañías, que al final éramos víctimas de esa mala gestión.
            Y así podríamos seguir y seguir, porque cuando algo anda mal, anda mal y es raro que acabe bien. Al final los afectados de todo esto somos los artistas y, por extensión, el mismo arte que ha perdido su dignidad e incluso a veces, su propia lógica. Y por supuesto, otro afectado es el público, al que se le debe todo el respeto, ya que no sólo trabajamos para él, sino que es lo que da sentido a nuestro trabajo, pero, al fin, el público tiene algo que yo no he tenido en esta experiencia: LIBERTAD. La libertad de elegir dónde quiere pasar su tiempo. Yo, como público que soy, no me siento ni identificado ni atraído por estas fórmulas de gestión de las artes escénicas que más cerca están del FAST FOOD que de algo realmente interesante y digestible. Un maestro dijo una vez, los actores de hoy en día no quieren ensayar, sólo estrenar, actuar. Yo tengo esta misma opinión de algunas maneras de gestionar esto del teatro y las artes escénicas; gestores que no les importa más que hacer, hacer sin ton ni son, de manera convulsiva, llenar memorias y dossiers de proyectos para poder seguir pidiendo subvenciones y ayudas, que es de donde realmente viven, exprimiendo el espacio, exprimiendo a los artistas que trabajan en ínfimas condiciones por cuatro perras mal pagadas (“pero al menos tenemos techo”) Una forma de vivir la gestión cultural llena de espacios, de salitas, de festivales… que se parecen mucho a un rastrillo de domingo donde hay de todo mezclado y acabas sin comprar nada o comprando aquello que menos falta te hace. De verdad, me entristece la manera en la que se está amateurizando de manera negativa la profesión, donde todo vale, donde lo alternativo se convierte en cutre, donde no importa la calidad, sino la cantidad, donde prevalece el CUTREATRO y poco a poco se va difuminando lo que realmente hace que el teatro sirva de oxígeno a la sociedad y no acabe asfixiándola, hastiándola, aburriéndola… he dicho. 




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