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"ESCENA 5
PSÉUDOLO Y SIMÓN
PSÉUDOLO. Creía que nunca se iba a ir. Estimado Pséudolo, viejo amigo… ya nos hemos metido otra vez en un lío del que no sé cómo salir. ¿Cuál es el plan? Buena pregunta… El plan es que… ¡No hay plan! No tengo ni puñetera idea de por dónde tirar. Pero le he prometido a mi amo, mal hecho, que esta noche tendrá entre sus brazos a su amada y mis promesas son sagradas. Nunca prometo nada que no vaya a cumplir. Soy así, ¿qué le voy a hacer? Pero no tengo nada que pueda parecerse, ni de lejos, a una idea con la que confeccionar un plan. ¡Calla! Ya sé qué haré… Como el poeta cuando se pone a escribir busca lo que no existe en parte ninguna, y, así y todo, lo encuentra y le da aspecto de verdad a lo que no es sino mentira, yo ahora seré un poeta: veinte minas, que no aparecen por ninguna parte, yo las encontraré. Ahí veo a Simón venir hacia acá. No es el comienzo que me hubiera gustado, pero es un comienzo, por lo menos… Un mal comienzo, sí, lo reconozco. Este es más agarrado que un chotis. Será difícil, pero tengo que intentarlo, aunque le tenga que arrancar la olla de las manos. Siempre va abrazado a una olla a la que le habla y trata como si fuera su amada…
SIMÓN: ¿Quién habla por aquí? Anda, si es mi esclavo Pséudolo, mi grano en el culo; el que tiene echado a perder a mi hijo y no deja de lanzar sus ojos de serpiente por todos los rincones de mi honrada y pobre casa para ver si encuentra no sé qué de un tesoro escondido. No estoy sino deseando mandarte a la horca.
PSÉUDOLO: Yo también os amo, señor. Salud, en primer lugar, a mi amo.
SIMÓN. ¡Salud! ¿Qué haces, Pséudolo?
PSÉUDOLO. Pues eso, estar aquí en pie, como ves.
SIMÓN. ¡Ya lo veo, ya: bien tieso… y que aires, ni que fueras el emperador!
PSÉUDOLO. A un esclavo inocente y sin tacha le cuadra mantener alta la cabeza, sobre todo frente a su amo. Sí, ya hace tiempo que tú me tienes en nada, no creas que no me doy cuenta. Ya lo sé que no tienes mucha confianza en mí. Tú querrías que yo fuera un bribón, pero no por eso voy a dejar de ser una buena persona.
SIMÓN. Eso se lo cuentas a quien te crea, amigo, que a mí no me la das. Y ahora, escucha que quiero hablar contigo.
PSÉUDOLO. Di lo que quieras, aunque debes saber que estoy enfadado contigo.
SIMÓN. ¿Tú, el esclavo, enfadado con el amo? ¿Y con qué derecho un esclavo vil como tú se enfada con un amo como yo?
PSÉUDOLO. Del mismo modo que un perro puede enfadarse con su dueño y puede morderle.
SIMÓN. ¡Hércules! Los perros son animales nobles comparados contigo y tienen más derechos que tú o al menos merecen más derechos que tú. Y ahora calla y contéstame a una pregunta.
PSÉUDOLO. Trabajo difícil el de callar y contestar al mismo tiempo, pero adelante, amo, preguntad.
SIMÓN. Iré al grano y si me mientes, por Júpiter que te ataré en la piedra del molino y te pasarás lo que quede de tu miserable vida haciendo un trabajo que ni los asnos quieren hacer.
PSÉUDOLO. Adelante, amo.
SIMON. ¿El calzonazos de mi hijo está enamorado de una flautista de la banda de mi vecino Balión?
PSÉUDOLO. Que yo sepa el señor Balión no tiene una banda y no toca ninguna flautista. ¡Ay, no! ¡Ahora caigo…! ¡Flautista! ¡Menuda imagen!
SIMÓN. Contesta y déjate de tonterías.
PSEUDOLO. Yes.
SIMÓN.  ¿Ahora hablas la lengua de los britanos?... ¿Y qué quiere regalarle la libertad?
PSÉUDOLO. ¡Yes!
SIMÓN. ¿Y que quiere casarse con ella?
PSÉUDOLO. ¡Yes!
SIMÓN. ¿Y que tú tienes un plan para chorizarme el dinero?
PSÉUDOLO. ¿A ti te lo voy a chorizar?... No es mala idea. ¿Es que tenéis dinero para que yo os lo pueda birlar?
SIMÓN. Pues… ¡Claro que no! Todo el mundo sabe que soy pobre, que solo tengo esta casa y un trozo de tierra para más sufrir que vivir. Y un hijo retrasado.
PSÉUDOLO. Pues entonces eso soluciona el problema. Si no tienes dinero, no tienes que preocuparte de que te lo birle, pues nada se le puede robar a quien no tiene nada, ¿verdad?
SIMÓN. Exacto. Oye: una hipótesis… en el caso de que yo tuviera dinero…
PSÉUDOLO. En una olla…
SIMÓN. En una olla… Qué, qué ¿qué puñetas dices de una olla? Yo no tengo ninguna olla llena de dinero. Las ollas son para guisar, no para guardar dinero.
PSÉUDOLO. ¿Os encontráis bien, señor? Estáis pálido…
SIMON. Mereces que te desuelle vivo ahora mismo… Es una suposición. En el caso que tuviera…
PSÉUDOLO. Dinero… Pero no tenéis dinero. Aunque si lo tuvierais, que ya sé que no, sí que me haría con él. Pero no lo robaría, yo no robo, vos me lo daríais.
SIMÓN. Un ojo de la cara me sacarás antes que arrancarme una sola moneda.
PSÉUDOLO. Pues me lo daréis y conservaréis vuestros ojos.
SIMÓN. Al menos una cosa es segura: que si me lo sacas, habrás llevado a cabo una hazaña sorprendente y digna de admiración.
PSÉUDOLO. ¿Os apostáis 50 minas… 40… 30… minas a que le saco al rufián la chica sin gastar más de cinco minas?
SIMÓN. ¿Y si no lo consigues?
PSÉUDOLO. Me dais de latigazos. Podéis aplicarme los castigos más crueles que puedas imaginar y yo nunca me quejaré, sino, como un perro sumiso, agradeceré tu crueldad.
SIMÓN. La verdad es que me atrae muchísimo dejar vía libre a mi crueldad y darte tu merecido… Trato hecho. Prepárate, no sabes lo que te espera. Ahora me voy al foro. Nos veremos pronto.
PSÉUDOLO. Los dioses os guarden a vos y a vuestra olla…
SIMÓN. ¡Por el guiño de la Medusa, que no hay ninguna olla! (Sale.)
PSÉUDOLO. Vale. La cosa se complica más y yo continuo sin saber por dónde empezar. Ahora es cuando Fortuna debería portarse bien conmigo y concederme un favor. Que, dicho sea de paso, nunca le he pedido nada, casi nada… Bueno, algún que otro favor…, vale, muchos favores… ¡Hey!… ¿qué ven mis ojos? ¿Quién es ese fantoche vestido de militar que se acerca por allí?... Me esconderé y observaré…, aunque…, tengo una ligera sospecha, pero no avancemos acontecimientos."
Fragmento de PSEUDOLO EL EMBAUCADOR, 
versión de Joan Carles Rosselló 
y una de las escenas que trabajaremos en el taller

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